martes, 21 de octubre de 2014

Seamos extemporáneos. Viajemos al Parnaso.

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El sábado 8 de noviembre, a las 22:30, volveré a tocar en La Campana de los Perdidos, un lugar emblemático y especial al que regreso con ilusión bastantes años después de mi última actuación. Haremos un recorrido por músicas antiguas y algunas modernas, escritas para instrumentos conocidos, como nuestra guitarra, y no tanto, como la vihuela, la guitarra de cinco órdenes o el laúd, músicas olvidadas, músicas populares pero no comerciales, músicas cultas con aspiración culta, músicas cultas de origen popular, músicas populares que se convirtieron en cultas... todas ellas con vinculaciones literarias: Cervantes, Góngora, Shakesperare, Miguel Hernández...nos entretendremos en cada uno de los autores lo más que podamos para degustar lo que no puede ser vendido, lo que hoy se tacha de inútil, aquello de cuya belleza no se puede hacer negocio. Leeremos, interpretaremos, escucharemos y nos deleitaremos con el arte por el simple hecho de disfrutar de él. Seremos absolutamente extemporáneos.

A todo el que quiera ir en contra de nuestro Zetigeist, le animo a que se pase por La Campana de los Perdidos el 8 de noviembre, a partir de las 21 horas. Allí nos veremos y viajaremos juntos al Parnaso.



Corrían los primeros años del siglo XVI, la otra orilla del río Huerva -en el paso más cercano a la iglesia de San Miguel de los Navarros- estaba surcada por malezas insondables, cañaverales el doble de altos que la estatura humana y un sinfín de sendas laberínticas que ocupaban hasta gran distancia aquel barrio que el pueblo llamó Montemolín.
En esta época muchos trabajadores, con el fin de allegar unos recursos extras para el sustento familiar, acostumbraban a salir temprano de la ciudad y, tras pasar la jornada cortando leña, la acarreaban al anochecer para venderla en la plaza de San Miguel. A bastantes de estos trabajadores les solía ocurrir, sobre todo en los duros días invernales y debido en la mayoría de los casos a las densas nieblas que se formaban debido a la proximidad del cauce fluvial, el que no hallasen el camino de vuelta a la ciudad y les sorprendiese la fría y lóbrega noche en un intento desesperado por encontrar dicho camino de vuelta, teniendo que pasar la gélida noche como buenamente el más puro instinto de supervivencia les asistía.
Fue en uno de aquellos gélidos inviernos, concretamente el de enero de 1529, especialmente crudo con lluvias torrenciales que anegaron los alrededores del río Huerva dejando casi imposible el paso por determinados puntos. Un labrador se presentó en la iglesia de San Miguel en una de esas madrugadas dando la terrible noticia de haber encontrado los cadáveres de dos mujeres a la orilla del río. Abrazados y rígidos por el frío reinante encontraron los dos cuerpos inertes...y al parecer no fueron esas dos mujeres las únicas que pagaron con su vida el no haber podido encontrar el camino de regreso a la ciudad.
El ilustre clero de San Miguel, a tenor de los funestos sucesos, tuvo a bien colocar una gran lámpara en lo alto del campanario que, ayudada por espejos, hiciera las veces de faro sirviendo su luz como punto de referencia en la campiña. El zaragozano viento de todos conocido y que arrecia con inusitada fuerza en los días tormentosos arrancó el singular "faro" en una tarde aciaga en la que perecieron varias personas por el desbordamiento del río, unas por querer salvarse de la riada y otras por intentar salvar a familiares o vecinos suyos.
Consternada la ciudad por los desastres producidos por la tormenta, sobre todo los vecinos y parroquianos de la iglesia de San Miguel, resolvieron solicitar del "Jurado en Cap" - lo que hoy es el ayuntamiento - que una de las campanas de la torre de dicha iglesia se tocara de media en media hora desde el crepúsculo hasta las doce de la noche. La ciudad resolvió favorablemente la petición y determinó que el campanero tuviese una habitación en la misma torre o junto a ella haciendo repicar la campana de media en media hora desde el anochecer hasta la media noche y poniendo otra luz en un punto más elevado y seguro de la mencionada torre.
Dos siglos más tarde, cuando se despejó de malezas y árboles la zona, se suprimió la luz y la campana, ya denominada por todos como campana de los perdidos, siguió tocando desde las nueve de la noche en otoño e invierno y a partir de las diez de la noche el resto del año pero de hora en hora. Un genuino faro sonoro.
Solamente dejó de tocar la campana de los perdidos en la época de los sitios de Zaragoza aunque superados estos volvió a seguir tocando aunque ya no hiciese falta pues la campiña, otrora selvática, era un enjambre ya de caminos, grandes avenidas y buenas carreteras. La insigne iglesia de San Miguel tuvo a bien mantener la tradición y perseveró en la costumbre hasta bien mediado el siglo XX. Por causas desconocidas dejó de tocar pero a finales del siglo apareció en la prensa local que se había decidido mantener la tradición y seguir tocando, como hace hasta la fecha, las treinta y tres acompasadas campanadas de ritual , obviamente de manera simbólica.
Esta campana y su tocar al caer la tarde hizo que a los que vagaban por la ciudad mientras tocaba les cayera el apodo de "perdidos".

martes, 14 de octubre de 2014

Lantarurú. La belleza de lo sencillo.

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"(La guitarra) ni es perfecta ni imperfecta sino como tú la hizieres, pues la falta o perfección está en quien la tañe y no en ella, pueso yo he visto en una cuerda sola y sin trastes hazer muchas habilidades, que en otros eran menester los registros de un órgano, por lo cual cada uno ha de hazer a la guitarra buena, o mala, pues es como una dama, en quien no cabe el melindre de mírame y no me toques.”
 
Gaspar Sanz. Instrucción de música sobre la guitarra española y método de sus primeros rudimentos, hasta tañerla con destreza. Con dos laberintos ingeniosos, variedad de sones, y dances de rasgueado y punteado, al estilo español, italiano, francés e inglés, Zaragoza, Herederos de Diego Dormer, 1674.